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Yauco: Tierra de Café y Chocolate
por Rafael Rodríguez Cruz Saturday, Aug. 21, 2004 at 12:11 PM
rguayama@aol.com 413-222-4773 999Asylum Avenue, Hartford, CT 06105

Una mirada al tema de industrialización y ambiente natural en el suroeste de Puerto Rico.

YAUCO: TIERRA DE CAFÉ Y CHOCOLATE

De niño, solían llevarme en auto de Guayama a San Germán con el próposito de visitar parientes míos por parte de padre. Era el principio de la década de los sesenta del siglo anterior. Puerto Rico vivía la falsa ilusión del progreso y bienestar permanente bajo la bandera norteamericana. Pocas personas tenían una idea clara del temporal social que se avecinaba.


Como casi toda la niñez de esa época, yo me interesaba muy poco en los asuntos sociales, políticos y económicos. Para mí, la travesía de Guayama a San Germán era un mundo de colores, olores y sonidos que me dedicaba a parear cuidadosamente con cada pueblo o lugar que pasaba. Salinas olía a cañaverales quemados y a melao en latones. Santa Isabel era tierra de escamas y pescadores, de mar abierto y de olas en reposo. Juana Díaz era de quenepas y sabores polvorientos. Ponce comenzaba con el olor a ron y terminaba soso, sin ningún sabor, como la tiza de sus montes.


El lugar que más me llamaba la atención, sin embargo, era la cuesta de la CORCO, que anunciaba el paso de Peñuelas a Guayanilla y la cercanía de Yauco. Aquí prevalecían por todas partes los contrastes. En mi mente, por ejemplo, asociaba el ruido estrenduoso de las turbinas de la CORCO con la seguridad del progreso material. El olor intenso de los crudos y del azufre parecían el complemento necesario de la brisa de los montes y del mar, no una cosa extraña. Entonces estaba Yauco con sus lomas, sus paisajes, su tranquilidad y su aroma de café. El campo y la ciudad, el pasado y el presente parecían completamente destinados a la armonía. Mi papá gustaba de la cuesta de la Corco, mi mamá de los campos y olores de Yauco. Yo jugaba en mi mente con la fantasía entonces remota de la llegada del fin del siglo XX.


Paradójicamente, nunca visité la ciudad de Yauco durante la niñez, aunque allí tengo raíces ancestrales. Llegué a Yauco por primera vez hace una o dos semanas invitado por una poeta que ha ganado ya el festival de la poesía dedicada al café. Poco y mucho ha cambiado en la travesía hacia Yauco. La cuesta de la CORCO sigue siendo de interés, no tanto como símbolo de vitalidad de nuestra industria sino de una fantasía económica que resultó completemente impotente. Alguien debería hacer una película sobre los restos de esta refinería, usando quizás de elenco a seres fantasmales y medio reales que todavía habitan en los laberintos de la lata corroída por el tiempo. Hay posiblemente en la CORCO de nuestros días fantasmas que se dedican tan solo a imitar el ruido de las turbinas, y hay otros seres de mentira que tal vez queman sueños inconclusos para dar a la memoria colectiva el mismo olor ardiente de los crudos y del azufre de antaño. Bajando la cuesta, un poco adelante, está Yauco, ciudad que en su relación humilde con la historia y con la tierra, y en sus contrastes sociales armoniosos es más real que las fantasías foráneas que a menudo intoxican a nuestra gente.


Yauco, según me dice mi dulce amiga, es tierra de café, de plantaciones y tradición. Sus campos son hermosos y verdes, como bien los describiera Jose Gordils en su poema a la ciudad: un lugar cuyo poderío empieza cerca del rio y acaba al ladito del mismo cielo. La gente de Yauco tiene sus ideas propias y sus soberanas extravagancias. Yauco es un pueblo que adorna las chuletas con enaguas de muchos volantes, y lleva más de un siglo cambiando el nombre al mismo puente. También es lugar de culto a la palabra escrita y las virtudes humanas. En Yauco se hace poesía con el solo y único propósito de divertirse, y se rinde honor a los muertos aunque vengan de otras partes, sin nombre y hasta sin apellidos. Las cuestas y calles de Yauco son un completo desorden al igual que la caída del Monte Rodadero. Sus balcones y escalinatas hacen pensar en los contornos de San Francisco y las locuras de algunas calles de Nueva Orleans. Pero es el café la verdadera esencia de la vida yaucana.


Quien no conoce las cosas de cerca, podría sorprenderse quizás de que Yauco es también tierra de cacao y chocolate. El café es elixir aromatizante que despierta en las mañanas el afán por la vida y los corre y corre que acompañan la adultez. El chocolate, frío o caliente, invita al juego o al reposo, no a las obligaciones del trabajo. Lo uno se presta a una cosa, lo otro a la opuesta, aunque ambos son productos de semillas hermanas, frutos de árboles nobles que abundan en nuestra tierra hermosa. Quien ha vivido en el campo sabe que la diferencia entre el cacao y el café es el modo en que se les despiertan los sabores. Para el café solo basta con colarlo, pues al menos yo me lo tomo sin azúcar. El chocolate viene del árbol de cacao y su esencia permanece oculta hasta que se mezcla con lo dulce. Vaya la explicación como vaya, me parece armonioso que Yauco, el pueblo del café, tenga en sus calles las ruinas de una antigua fábrica de chocolate.


Hablo de aquí de armonía porque lo cierto es que hay contrastes y hay contrastes. El contraste de los restos de la CORCO y el ambiente natural de Peñuelas es uno hostil, de antagonismo abierto entre lo verde y la chatarra metálica. No hay armonía, solo enfrentamiento permamente, odio de la industria hacia el campo. Digo de antagonismo permanente, pues la CORCO después de muerta sigue todavía contaminando. Además, la CORCO al igual que las grandes centrales azucareras de antes no producía un producto acabado, algo final y destinado al mercado local. Era industria intermedia, dependiente del exterior y volcada hacia éste. Pero el café y el cacao son distintos, se hermanan y contrastan en sus existencias paralelas. Ambos son semillas de nuestra tierra que sirven de alimento a aves de todo tipo. Aquí la industria no consiste en antagonizar el ambiente sino en procesar de forma casi natural lo que son nuestros alrededores, campo y ciudad unidos en la historia de un solo pueblo, abrazados en la conciencia de la gente, sin que haya una ruptura tajante de lo que ha pasado y lo que viene. Es por eso que, en mi opinión en Yauco se respira todavía un presente definido, alejado del futuro fantasmagórico y de mentira que se respira en los restos de la CORCO o en el área metropolitana.


Es absurdo pensar que nuestra historia tenga obligatoriamente que ajustarse a los esquemas y patrones de otros pueblos, mucho menos los europeos y anglosajones. Nuestros contrastes, nuestras preocupaciones encontrarán solución referidos ante todo a nuestra esencia histórica y no en caminos de otra gente. Esa es para mí la principal lección de mi visita a Yauco, de su perenne armonía entre el campo y la ciudad. No se trata por supuesto de cultivar un insularismo enfermizo, pues de eso ya tenemos bastante. Lo que la historia de muchos de nuestros pueblos hace, como la de Yauco, es invitar a no imitar a la carrera, so pena de que nuestros sueños queden como la chatarra de la CORCO, un laberinto de fantasmas y esperanzas frustradas. Al menos eso es lo que yo pienso. Seamos mejor tierra de café y chocolate, que de Coca-Cola y papas fritas.


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